Ernestina


Fernando era un joven padre de familia que tenía un taller de reparación de radios muy cerca de la estación de trenes. Corría el año de 1958, el pequeño espacio que rentaba  se encontraba a la entrada de una vecindad cuya entrada fue modificada para que las piezas que daban a la calle fueran transformadas en locales para pequeños negocios como el suyo.

Junto a su taller de radio se encontraba uno de reparación de bicicletas, unos metros más adelante una tortería. La mayoría de los edificios la calle eran vecindades, unas más ocupadas que las otras pero la de Fernando casi en  su totalidad estaba integrada por locales.

La casa era muy grande, en el primer patio se encontraban los locales comerciales, el segundo estaba  inhabitado y era ocupado como bodega de varias tiendas taller del barrio, en el tercero se encontraban el departamento en dónde vivían sus caseras.

 Dos hermanas según le habían dicho, aunque él sólo conocía a una, a la señorita Ernestina, toda una dama poblana esbelta con eterna cada de enojo ya entrada en sus cuarentas y  que cada quince días los martes pasaba a cobrarle. Sabía de la existencia de la otra hermana pero nunca la había visto.

La rutina de Fernando era la misma todos los días, llegaba a las 8 al local, empezaba a revisar los aparatos de radio hasta que daba la tarde y llegaba su hija mayor Claudia de 10 años a dejarle la comida y hacía la tarea junto a él hasta que daba la noche y regresaban juntos a casa, su esposa ya se encontraba ahí junto con sus otros tres hijos menores.

Conoce el resto de la historia en el video.

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