El tibio


Toda mi niñez siempre viví en el mismo lugar, uno de los barrios más típicos dentro de mi pequeño pueblo, fue aquí donde nací y crecí, jugando en sus calles, asistiendo a la escuela cercana del barrio donde conocí a mis primeros amigos, esos amigos que algunos no he visto en muchos años y otros tantos se volvieron mis hermanos.

Al igual que en muchos pueblos de México llegó un momento en que el pueblo comenzó a crecer y con ello el desarrollo de sus calles venía como consecuencia. Mi barrio no fue la excepción a esta situación y una mañana del año 2000 comenzó la pavimentación de la calle. Como era de esperarse esta calle se mantuvo cerrada por un gran número de semanas, el tráfico se detuvo dándole a la calle más vida que nunca.

De pronto la calle del barrio se convirtió en el patio de juegos más grande del pueblo, los niños salían de sus casas a jugar con las canicas, a echar la reta de futbol o simplemente a  correr a  lo largo de toda la terracería, era el paraíso  de todos nosotros aun cuando la calle se llenaba de nubes de polvo causada por todo el alboroto que armábamos, no lo sabíamos pero en el fondo fue la época más feliz en la vida de todos nosotros.

Mi padre era uno de lo que sufría un poco por esta situación, siendo el dueño de la tienda más grande del barrio tenía serios problemas al querer ir por nueva mercancía, algunos proveedores dejaron de visitarlo y los niños ensuciaban como nunca su local, pero buscaba ver el lado positivo. Como era el tendero de la colonia conocía a la mayoría de los vecinos, teniendo la mala (aunque hasta cierto punto graciosa) manía de ponerles un apodo para reconocerlos más fácilmente. A uno de estos vecinos lo apodo “el tibio”, un hombre mayor, padre de familia, con un particular bigote que siempre era muy tupido y desarreglado, aunque sin duda su mayor característica era que siempre cuando lo veíamos por la calle, sin excepción, siempre iba acompañado de sus dos hijas, unas chicas de unos 20 años aproximadamente, lo más particular de esto es que él siempre caminaba en medio de ellas dos, era algo gracioso ver que siempre fue así, sin variar ningún día.

No era un gran amigo de nadie en la colonia pero siempre mostraba respeto, saludando a todos en la colonia con su clásico “buenos días” y una sonrisa apresurada, con mi padre no era diferente, todos los días compraba algo de despensa en la tienda y antes de cualquier cosa brindaba un amable saludo.

Nada parecía raro en él, era un hombre de familia más, sin embargo un buen día durante la comida, mi padre nos contó que “el tibio” llevaba bastante rato que no se aparecía por la tienda, ni tampoco sus hijas.  En ese momento todos lo tomamos solo como algo curioso y no le prestamos mayor importancia, mi hermano y yo solo queríamos terminar rápido nuestra comida para poder salir a jugar al enorme patio de juegos que ahora era la calle. Variando un poco la costumbre y para nuestra impresión, mi padre decidió ese día acompañarnos a chutar el balón, como era de esperarse no pasó más de 10 minutos y dejó de jugar por el cansancio, fue en ese momento cuando nos cuenta que pasó algo de lo más perturbador que recuerda en su vida. Fue y se sentó en la banqueta cuando por una calle en bajada vio pasar a las hijas de “el tibio”, solo que esta vez llevaban las caras viendo hacia el suelo y no saludaban a nadie como solían hacerlo, detrás de ellas de manera inusual iba “el tibio” siguiéndolas rompiendo su costumbre de siempre ir entre ambas.

A mi padre le dio gusto ver al vecino después de un tiempo, caminó un poco en dirección hacia donde el tibio iba pasando y le gritó  -“Buenas tardes”, sin embargo, no recibió ninguna respuesta, situación que molestó un tanto pero no le prestó mayor interés, entró a la casa y cuando iba a contarle a mi madre lo sucedido ella se encontraba con una cara de impresión que suele tener cuando recibe malas noticias; en sus ojos podían verse unas cuantas lagrimas a punto de salir.

-“Que te pasa” le preguntó mi padre, -“Me acaba de contar la vecina que… mataron al tibio”. Mi padre quedó en shock, eso era imposible, él acababa de verlo caminar en la calle, reclamándole a mi madre le dijo que no estaba para bromas que era algo de muy mal gusto a lo que ella respondió, – “De que broma hablas, me lo acaban de decir, sus hijas están preparando todo para el primer rosario, va a ser hoy en su casa, pobre hombre debió sufrir mucho, no haberse podido despedir de ellas”, ella siguió llorando mientras esta vez le relataba a mi padre que el pobre vecino había sido encontrado en unos campos de cultivo, desangrado, con señas de tortura  y obvio asesinato. Mi padre sentía como un horrible escalofrío se apoderaba de él mientras trataba de tragar saliva pues su boca estaba totalmente seca,  -“Pobre hombre, no debía nada a nadie, como pudo terminar así, sus hijas están destrozadas, siempre las cuidó mucho, recuerdo que siempre iba caminando con ellas por la calle”, mencionaba mi madre, sin saber que mi padre vio como el tibio velaba por sus hijas aun después de la muerte.

-“Pero…  qué ibas a decirme” le dijo mi mamá, mientras veían por la ventana como las hijas del tibio ponían un moño negro en la puerta de su casa.

Después de tantos años, mi madre aún no le cree a mi padre como vio al tibio por última vez.

Yo pienso que a pesar de tantos años, aún está ese vecino en el barrio, cuidando a sus hijas, con la pena de no haberles podido decir “adiós” por última vez.

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