El espejo


Todos los días al despertarse lo primero que  hacía era abrir el grifo y  mojarse la cara con abundante agua, después tomaba su  suave toalla de mano color rosa para secar delicadamente su bello rostro, al terminar se preparaba para el momento más feliz del día: observar su rostro perfecto frente al espejo.

Esos ojos color miel, sumamente expresivos que irradiaban tanta luz como un amanecer se reflejaban en el espejo del baño, sus largas pestañas como alas la hacían volar en su fantasiosa mente, su nariz respingada hacia la pareja perfecta para esos ojos, sus dientes como blancas perlas le daban un toque distintivo que cualquiera envidiaría tener y para completar aquella obra de arte sus hermosos labios color rosa que cualquiera que hubiera tenido la oportunidad de enamorarla afirmaría que eran los más suaves de este mundo, cubrían aquella boca que guardaba un sinfín de adorables palabras que lo único que hacían era ocultar su inmenso y terrible odio por su propio ser.

Siempre era lo mismo, la gente no se cansaba de adular, la familia, a quienes conocía día con día, sus viejas amistades, siempre era lo mismo, nada nuevo,  lo que todo el mundo veía como un regalo, aquella deprimida persona lo veía como una maldición, para que esperar a morir si aquí en vida pasaba un infierno, a que más podía aspirar si su perfección era insuperable.

Sin embargo yo no veía que fuera así, sabía que yo podía hacer algo por ese falso rostro feliz. Llevé a esa persona frente al espejo y la vi como realmente era: una cara llena de errores y enormes imperfecciones, riendo por dentro me di cuenta de que podría crear a un ser perfecto.

La sonrisa de una persona promedio es muy pequeña a comparación de su rostro completo, si todo el mundo le insistía en su perfección en verdad tenía que existir perfección. Tomé su boca de extremo a extremo extendiendo con mis dedos, poco a poco sus suaves labios comenzaron a partirse y dejaban ver un color rojo que pintaba ese imperfecto color rosa en un delicioso color rojo, pero aun no era suficiente seguía sin ser totalmente rojo,  entonces tomé una navaja para afeitar que había en el baño y empecé a cortar de extremo a extremo su pequeña boca, mientras más se iba alargando esa sonrisa casi perfecta más se iban pigmentando esos labios a un color rojizo total. Exquisito, ahora si era perfecto.

Esa sonrisa que ahora llegaba de oreja a oreja lucia mejor que nunca pero algo seguía estando mal, esos horribles dientes estorbaban en el color rojo uniforme, eso ya  no sería problema, uno a uno fui arrancando cada uno de sus dientes hasta que no quedara nada más, ahora esos dientes adornaban un lavado empapado en sangre, dulce y tibia sangre. A pesar de todo esto  veía inconclusa mi obra. En un momento de debilidad perdí el control y ella despertó, al verse al espejo no podía creer lo que veía, empezó a tocarse la cara y comenzó a llorar desesperadamente, era un monstruo, en una decisión extrema por ya no ver mi obra maestra tomó la navaja con la que le había hecho la sonrisa perfecta y perforó esos ojos miel que nunca más volverían a irradiar luz.

En ese momento los llantos y las lágrimas cesaron, recuperé el control, mi parte débil al fin se había ido para siempre y yo tenía el control total, al fin esa imperfecta había desaparecido, solo quedaba yo, más perfecta que nunca, no necesitaba verlo, sabía que al fin era la perfección absoluta…

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